El pasado Viernes 22 de Junio hemos tenido reunion de equipo. Comentaba estos dias con unas periodistas que se interesaban por la experiencia de PSIMA, sobre lo singular de nuestra experiencia. Somos un equipo grande, conformado por 85 personas de diferntes formaciones y experiencias clínicas, pero la orientación del servicio es la del psicoanalisis lacaniano. Esto hace que seamos un servicio conformado por muchos psicoanalistas, lo que hace a la particularidad de nuestra orientación, siendo una experiencia inédita en Europa, en donde no existe un equipo tan grande que tenga esta orientación. En el hospital no hacemos psicoanálisis pero nos orientamos por él y es como podemos tomar una posición muy difernte a la de cualquier otro servicio, en tanto que apuntamos a respetar y apostar por lo singular de cada persona que acude al servicio. Nuestra posición se sostiene en una ética y es nuestro lugar desde donde abrimos a una escucha diferente y que nos diferencia de cualquier otro servicio. En esta reunión de equipo hemos contado como invitada para comentar los casos que se presentaron a Gabriela Galarraga, quien ha compartido su experiencia de tantos alos de clínica y estudio.
Los casos sosbre los que conversamos fueron presentados por Felicitas Della Paolera y Matias Maero, a la vez que como introducción estuvo un texto de Fernando Juarez que compartimos aquí.
Notas sobre el padre.
A partir de la lectura de los casos, me surgió la idea de poder compartir con vosotros algunas notas en torno a la figura del padre. Si bien en ambos casos, la figura del padre aparece de manera lateral, creo que es fundamental para poder trabajar los dos textos.
Estas notas no son directamente un comentario de los casos, si no unos breves apuntes que tal vez puedan enriquecer la conversación posterior.
He tomado como referencia un libro llamado: Intervención sobre el nombre del padre, de Marcelo Barros.
Lacan plantea que la metáfora paterna viene a poner un límite al deseo de la madre. Es esa operación metafórica la que puede sostener: «Yo soy tu padre” y esa operación implica un esfuerzo de poesía y una suspensión de la incredulidad, ya que decir Yo soy tu padre, no es menos disparatado que decir, yo soy Napoleón.
Es la metáfora paterna, a partir de su acto poético, la que da un inicio al linaje y le permite al sujeto inventarse un punto de partida.
Vemos en la psicosis, justamente, como ese acto de suspensión de la incredulidad no es posible. En la psicosis, «La verdad» no tiene alternancias, y es por eso que podemos decir que en estos casos, la metáfora no ha operado.
Se suele asociar la referencia del nombre del padre a la Ley. Pero en muchas ocasiones está ley tiene los ecos de la rigidez y de la regla, del marco de donde se puede estar dentro o fuera. Para Lacan, la ley que introduce el nombre del padre, es más bien lo que permite la excepción a la regla, y por tanto una invención. No se trata de un imperativo de goce que empuje a alcanzar el ideal, esa sería su vertiente supeyoica. El punto de «basta”, atribuido a la función paterna, cumple la función del «es suficiente» y si es suficiente, se puede pasar a otra cosa. Es lo que pone fin a la metonimia.
Podemos decir que la Ley que introduce el padre, habilita la excepción y por lo tanto el deseo, y trabaja en contra de la norma, que se sustenta en el goce cerrado de un marco en donde no caben las excepciones.
En este punto, creo que podemos pensar en los casos, ya que en los dichos de los pacientes, ambos padres no representan figuras ideales. En un caso, hay cierto rasgo de irascibilidad, en el otro, los signos del exceso. Ambos padres, en mi opinión, ofrecen una figura castrada, y no la figura de El Padre con mayúsculas, celoso de la norma, como nos señala Lacan en el caso de Schreber.
El nombre del padre inaugura una orientación, y eso implica un movimiento, algo que no está cerrado. Nada más lejos de la omnipotencia. Una orientación no implica saber hacia donde se va, si no más bien, desde donde se viene.
Se suele atribuir, en los casos de neurosis, esa falla del padre al lugar de la causa de los pesares neuróticos. Esta operación, escamotea la cobardía neurótica frente al acto. Un acto que falta y que pueda dar inicio.
Lacan plantea que se puede pasar del padre, a condición de servirse de él. Podemos agregar que tener un síntoma no es lo mismo que servirse de él. Y sumemos una fórmula más, ser nombrado no es lo mismo que tener un nombre.
En estas tres figuras, creo que podemos ver la diferencia entre poder hacer algo con eso, o simplemente mantenerse aplastado. El padre, como el síntoma y el nombre, son cosas que al neurótico le vienen dadas. Pero es solo a partir de hacerlas propias, que serán operativas. El padre, su herencia, sus deudas y sus faltas, nunca serán fructíferas si el sujeto no se las apropia para hacer con ese material algo nuevo. El nombre propio es un buen ejemplo, ya que el sujeto es nombrado al nacer, pero es su responsabilidad hacer de ese nombre, su nombre.
Dejo entonces estas brevísimas notas en donde he intentado destacar un aspecto fundamental de la función paterna, como aquello que puede inaugurar algo nuevo, y que invita a la invención, y no tanto a la obediencia.

