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Burnout: el agotamiento de ser siempre productivo.

El burnout se presenta como cansancio extremo, desmotivación, incluso rechazo hacia aquello que antes tenía sentido. Pero no es simplemente trabajar mucho: es una forma particular de relación con el trabajo y con uno mismo.

Vivimos en una época donde no basta con hacer; hay que optimizar, mejorar, superarse. El sujeto ya no solo responde a un jefe externo, sino a una exigencia interiorizada que nunca se satisface del todo. Siempre se podría haber hecho más, mejor, más rápido.

El resultado no es solo fatiga física, sino una especie de vaciamiento. Como si todo el esfuerzo no lograra sostener un sentido duradero. El burnout no es simplemente “estar cansado”, sino encontrarse en un punto donde la lógica del rendimiento deja de funcionar, pero no por eso deja de exigirse.

Y ahí aparece una paradoja central: incluso cuando el cuerpo se detiene, cuando la motivación cae, cuando algo claramente no da más, la exigencia no desaparece. Se transforma. Puede volverse culpa, autoexigencia silenciosa, sensación de estar fallando. Como si parar también fuera, de algún modo, un error.

En muchos casos, lo que se agota no es solo la energía, sino la relación con el deseo. Lo que antes tenía sentido empieza a sentirse ajeno, forzado, casi impuesto. No necesariamente porque haya dejado de importar, sino porque quedó capturado por una lógica que lo volvió obligación.

El burnout también suele ir acompañado de una dificultad para desconectar. No se trata solo de largas jornadas, sino de una imposibilidad de salir mentalmente del circuito de productividad. Incluso en el descanso aparece una inquietud: “debería estar haciendo algo”, “estoy perdiendo el tiempo”. El tiempo libre deja de ser verdaderamente libre.

Desde una perspectiva más analítica, esto no es casual. El ideal contemporáneo empuja a identificarse con una versión de uno mismo siempre activa, eficiente, disponible. Pero esa identificación tiene un costo: borra la dimensión de la falta, del límite, del no poder. Y cuando ese límite irrumpe —porque siempre lo hace—, aparece como colapso.

El burnout, en ese sentido, puede leerse como un punto de ruptura. Algo deja de sostenerse. No necesariamente como un fracaso, sino como un momento donde cierta forma de organizar la vida ya no funciona.

Por eso, la pregunta no es solo cómo “recuperarse” para volver a lo mismo. Tal vez convenga detenerse en otra dirección: ¿qué de ese modo de exigirse resulta hoy insostenible? ¿Qué lugar ocupa uno en esa lógica? ¿Y qué margen hay —aunque sea mínimo— para que algo de eso se modifique?

No se trata de dejar de hacer, ni de abandonar toda responsabilidad. Pero sí de introducir una diferencia entre responder a ciertas demandas y quedar completamente capturado por ellas.

El problema es que este tipo de preguntas no siempre encuentran espacio en la vida cotidiana. El entorno suele empujar rápidamente a “volver a funcionar”, a retomar el ritmo, a adaptarse. Y sin embargo, forzar ese retorno muchas veces prolonga el malestar.

En ese punto, pedir ayuda no es un signo de debilidad ni un último recurso cuando todo está perdido. Puede ser, más bien, una forma de empezar a escuchar qué está en juego en ese agotamiento, más allá de la superficie del cansancio.

Si sientes que algo de esto te resuena, que el cansancio no se reduce con descanso o que la exigencia interna no da tregua, quizás no se trate solo de “organizarte mejor” o “bajar el ritmo”, sino de abrir un espacio distinto para pensarlo.

En PSIMA, ese espacio existe: un lugar donde poder hablar, sin exigencias de rendimiento, sobre aquello que hoy se volvió difícil de sostener. A veces, poner en palabras lo que se vive no elimina el problema de inmediato, pero sí permite que deje de repetirse del mismo modo.

Y eso, en medio del agotamiento, ya es un comienzo.

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