Nota publicada en El Economista: Del placer al agotamiento. Por Cristian Figueredo

Compartimos una breve nota que ha sido publicada en el periódico El Economista acerca de la fatiga turística.

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¿Qué explica, desde el punto de vista psicológico, que algunas personas ya no elijan un destino solo por el descanso, la cultura o el placer de viajar, sino también por su capacidad de generar una imagen atractiva en redes sociales?

Viajar siempre ha tenido una dimensión social. Desde hace siglos las personas regresaban con relatos, fotografías o recuerdos para compartir con otros. Lo que ha cambiado es que hoy esa escena ocurre mientras el viaje está sucediendo y ante una audiencia mucho más amplia.

Las redes sociales han convertido muchos destinos en escenarios donde, además de vivir una experiencia, sentimos que también estamos mostrando quiénes somos.
Elegimos un lugar no solo por lo que nos hará sentir, sino por la historia que podremos contar sobre nosotros a través de las imágenes.
No creo que esto sea, en sí mismo, algo negativo. El problema aparece cuando la necesidad de mostrar reemplaza el disfrute de la experiencia. Si durante todo el viaje estamos pendientes de cómo saldrá la foto o de cuántas reacciones recibirá, corremos el riesgo de estar más ocupados construyendo una imagen que habitando el momento.
Paradójicamente, cuanto más intentamos demostrar que llevamos una vida extraordinaria, más podemos alejarnos de preguntarnos qué es lo que realmente nos conmueve o nos hace bien. Viajar puede convertirse entonces en una forma de responder a las expectativas de los otros, en lugar de responder a un deseo propio.
Al final, la verdadera pregunta no es cómo me verán los demás, sino si, una vez que guardo el teléfono, ese lugar y, sobre todo, ese momento siguen teniendo algo valioso para mí. Esa diferencia revela si estamos viviendo una experiencia propia o buscando, ante todo, la aprobación de una mirada externa.

¿Cómo influyen la necesidad de reconocimiento, la comparación social o el FOMO en la manera en que algunas personas planifican y viven sus viajes?

El deseo de compartir lo que vivimos y de sentir que nuestra experiencia tiene valor a los ojos de los demás forma parte de la vida en sociedad. El problema aparece cuando esa necesidad empieza a dirigir nuestras decisiones.

La comparación constante y el miedo a quedarse fuera de lo que hacen los demás —lo que hoy conocemos como FOMO— pueden llevarnos a elegir destinos, actividades o incluso formas de viajar que no responden tanto a un deseo propio como a la sensación de que "deberíamos estar allí". En esas condiciones, el viaje puede dejar de ser un tiempo de descanso o de descubrimiento para convertirse en una sucesión de
tareas: visitar los lugares "imprescindibles", conseguir la mejor fotografía o demostrar que se ha estado allí. Cuando eso ocurre, hay menos espacio para la sorpresa, para perderse o simplemente para disfrutar de lo que está sucediendo. Ese es, precisamente, uno de los mayores valores de viajar.
Viajar debería permitirnos salir, por un momento, de las exigencias cotidianas, como una especie de apertura a algo distinto, que permita salirse de a ratos de lo que se debe y se espera, para que aparezca algo nuevo

Cuando una persona está más pendiente de fotografiar, grabar o compartir una experiencia que de vivirla, ¿qué puede ocurrir con su capacidad de disfrute, atención y conexión emocional con el momento?

Nuestra atención es limitada. Cuando una parte importante de ella está dedicada a pensar en la fotografía, en el vídeo o en el momento de compartirlo, inevitablemente queda menos disponible para la experiencia que estamos viviendo.
Las fotografías son una forma de conservar recuerdos y de compartir momentos importantes. La cuestión es quién está al servicio de quién: si hacemos una foto porque queremos recordar un instante o si terminamos viviendo ese instante únicamente para obtener una buena foto.
Cuando estamos demasiado pendientes de registrar la experiencia, corremos el riesgo de convertirnos en espectadores de nuestra propia vida. En lugar de dejarnos afectar por un paisaje, una conversación o un encuentro, nos situamos un paso atrás, observando cómo quedará todo desde fuera, cómo somos mirados. Es un modo de empobrecer la experiencia, degradarla a la acumulación de registros de lo que hay para mostrar. A veces, la mejor manera de conservar un recuerdo es permitir que ocurra antes de intentar capturarlo.

 

¿Dónde estaría el equilibrio saludable entre compartir un viaje en redes sociales y no permitir que la mirada de los demás condicione la elección del destino, el itinerario o la forma de disfrutarlo?

El equilibrio no está tanto en una regla fija como en una cierta claridad interna sobre qué lugar ocupa la mirada de los demás en nuestras decisiones.
Compartir un viaje en redes sociales puede ser una forma natural de comunicación: contar lo vivido, mantener un vínculo con otros o incluso prolongar el placer de la experiencia a revivir al narrarla. El problema no aparece por compartir, sino cuando ese gesto empieza a anticiparse a la experiencia y a organizarla desde el principio.
Podríamos decir que el punto de equilibrio se da cuando la pregunta principal sigue siendo “¿qué me interesa o qué me hace bien en este viaje?”, y no “¿cómo quedará esto en redes?”. Cuando la imagen que se comparte es consecuencia de la experiencia y no su objetivo, la relación es más libre.
También ayuda poder distinguir entre el momento de vivir y el momento de mostrar. Durante el viaje, permitir que haya tiempos sin cámara, sin registro, sin necesidad de traducir todo a una publicación. Y después, si uno quiere, compartir aquello que ya ha sido vivido, no aquello que todavía está siendo construido para ser mostrado.
En el fondo, se trata de que la mirada de los otros no sustituya la propia. Cuando uno puede sostener lo que le interesa, lo que le conmueve o lo que le atrae sin necesitar validación constante, entonces compartir deja de ser una obligación implícita y vuelve a ser lo que puede ser: un gesto que es poco importante.

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