Ayer tuvimos la primera reunión de equipo de este curso 2026-2027. Como cada año desde hace ya 10, propongo al equipo un tema para trabajar la experiencia clínica que nos sirva como oreintación. En la reunión de ayer contamos con los comentairos de Domenico Cosenza, psicoanalista en Milán, Doctor por la Universidad de Paris VIII, Docente del Instituto del Campo Freudiano y un extenso curriculum en el cual destacamos su úlimo libro «Clínica del Exceso». Presentaron los casos de su experiencia clínica en PSIMA nuestros colegas Roberto Cordero y Facundo Tardivo sobre los que conversamos y nos permitireon introducirnos en la clínica anestésica. Comparto aqui el texto que yo mismo he presentado para inaugurar este curso y que propuse como orientación.
Ya hace tiempo que vengo pensando en algo recurrente en las consultas en el dispositivo hospitalario y que apunta, al ritmo de los tiempos, al ideal de la desafección. La demanda de los pacientes se presenta de un modo muy preciso y que no apunta al síntoma como delator de una incomodidad que encierra un enigma, sino en un giro anestésico donde ya el deseo de extirpar lo que molesta, pasa de hacerse líquido a la evaporación. La demanda apunta a no sentir, como si ya la ilusión de deshacerse y no preguntarse por el síntoma hubiese caído en desuso, lo que aparece es un ideal de adormecimiento, de dejar de sentir aquello que molesta, incomoda, angustia.
Como si de una nueva versión del sujeto moderno hubiese emergido como una actualización de sistema, lo que aparece es el empuje a la desconexión, a la insensibilidad adorada, a que nada cambie a condición de que nada se sienta.
En esta dirección es que propongo a modo de un camino hacia la investigación acerca del dolor y las diferentes invenciones que el sujeto contemporáneo presenta como respuesta a aquello que parecería ser incómodo e insoportable. Lo sintomático en tanto incomodidad va tomando una forma silenciosa y que propongo pensar en relación a la anestesia, como una formación que se apuntala en un movimiento permanente y agotador para sostener ese objeto que debe conquistarse cada vez.
El agotamiento y el ideal de dejar de sentir, se presentan entonces como una vía para hacer con lo real, que encuentra su refugio en el seguir gozando pero sin sentir. Vaya paradoja a la que nos debemos enfrentar. El goce encuentra en el cuerpo el campo de un sentir que allí se encarna y es justamente donde lo nuevo enmudece, pierde espesor y se impone como un ideal de adormecimiento, del no sentir, un tratamiento paliativo de lo real.
Se dibuja así una nueva cartografía del dolor, marcada por el cansancio, el abatimiento y cierta implosión del malestar. A diferencia de otras formas más clásicas donde el síntoma se dirigía al Otro y encontraba allí su escenario, hoy nos confrontamos con presentaciones donde el malestar se repliega, se encapsula, y se vive más como peso interno que como conflicto. ¿Cómo operar desde nuestro dispositivo cuando lo que se demanda es no sentir? ¿Cómo maniobrar cuando el afecto mismo aparece como aquello a suprimir?
Nos espera un trabajo importante para poder ubicar la lógica que sostiene la implosión frente a la explosión del sujeto del siglo XXI. El hacia dentro que perturba se erige como un modo que ha ido tomando forma y peso en la acumulación de angustia y malestar. Esto se expresa en la figura del sujeto cansado, abatido, frente a aquel sujeto, que miramos ya por el espejo retrovisor del tiempo, que explotaba y mostraba su malestar dirigiendolo hacia el Otro.
Hay algunos puntos que me gustaría resaltar para poder pensar juntos. no solo la serie de casos que se presentan este curso 2026-2027, sino en relación al conjunto de la experiencia clínica de la que somos practicantes privilegiados, teniendo en cuenta que formamos un equipo que realiza unas 100.000 visitas anuales en una institución Sanitaria.
El primer punto es lo que propongo como hipótesis de trabajo para este curso: la presencia silenciosa, en lo social, del sujeto implosionado.
Se trata de una dimensión del sujeto de nuestros días que propongo resaltar para poder leer las coordenadas que dan cuenta de un nuevo modo de estar en el mundo, con resonancias y consecuencias muy importantes en la clínica. Pienso la implosión como una respuesta a lo Real, cuya lógica será necesario precisar y contextualizar. ¿Qué ha sucedido y qué sucede para que se produzca esta especie de mutación? Zygmunt Bauman la definió con notable precisión bajo la noción de modernidad líquida; desde el psicoanálisis lacaniano y orientados por Jaques Alain Miller este proceso ha sido trabajado bajo las lógicas que podemos nombrar como declinación o evaporación del padre, dando cuenta de una transformación que, siguiendo una formulación que planteo aquí, iría de lo sólido a lo líquido, y de lo líquido a la evaporación y la pluralización.
Lo cierto es que el sujeto implosionado —cansado, abatido— parece ser efecto de un empuje constante, permanente, insidioso y persistentemente feroz: no solo debe conquistar todo aquello que se le presenta bajo la promesa de felicidad, sino que además debe defenderse de perder lo ya conquistado. Una tarea que queda planteada como exclusivamente individual y que, precisamente por ello, difícilmente puede ser expuesta, compartida o pensada en el campo de lo colectivo.
El segundo punto es que, si la explosión todavía podía dirigirse al Otro, la implosión deja al sujeto sin destinatario para su malestar.
Así podemos pensar los efectos en la experiencia clínica de este sujeto sometido a una exigencia de autoproducción y autodefensa permanente, sin posibilidad de atribuir su malestar a un Otro que pueda ser interpelado. La explosión, tal como podríamos pensarla en relación con el sujeto de otros tiempos, podía constituir la manifestación de un profundo malestar dirigido hacia un Otro. Este asunto es el que destaco como una de las coordenadas de la actualidad: si la explosión suponía todavía la posibilidad de dirigirse al Otro, la implosión parece dejar al sujeto sin ese destinatario. La implosión no debería pensarse solamente como uno de los efectos del fracaso del sujeto en su lucha permanente por conquistar ese nuevo pequeño objeto a, que ilusoriamente vendría a colmar aquello que siempre vuelve a faltar.
Hay otra vertiente, más silenciosa e íntima, pero no por ello menos encarnizada: la lucha por no perder aquello que ya ha conquistado. En un mundo en el que el sujeto se encuentra empujado a ocupar la posición de supuesto amo de sí mismo, dueño y señor de su destino, ya no parece disponer fácilmente de un Otro al que atribuir la causa de su fracaso. Esta posición del sujeto como supuesto amo de sí mismo puede ponerse en relación con la transformación que Lacan sitúa en el Seminario XVII, cuando habla de una “mutación capital” que da al discurso del amo “su estilo capitalista” 1 .
Esta mutación encontrará posteriormente una formalización explícita en el discurso capitalista, presentado por Lacan en la Conferencia de Milán de 1972. A partir de esta transformación, podemos pensar una modificación en la articulación entre el sujeto, el saber y el plus-de-goce.
El sujeto queda aparentemente liberado de la mediación de un Otro que ordene y limite, pero esta aparente liberación no implica la ausencia de amo: el imperativo retorna bajo la forma de una exigencia superyoica cada vez más directa de producción y de goce. Por tanto, es él mismo quien debe asumirlo en primera persona. Si no lo consigue, es porque lo hace mal, porque no puede, porque no ha sabido hacerlo suficientemente bien. Y, sin embargo, debe seguir intentándolo, sin detenerse y sin perder nada por el camino. Es aquí donde la lógica de su fantasma puede desplegarse para construir una respuesta a un Real que lo deja aislado, confrontado consigo mismo y con poco que decir al Otro.
La implosión podría ser entonces una modalidad de respuesta en la que el malestar, al no encontrar un Otro al que dirigirse, retorna sobre el propio sujeto, quedando atrapado en una exigencia de rendimiento, conservación y superación de sí mismo.
El tercer punto es pensar qué podemos hacer, desde nuestro dispositivo, ante este sujeto implosionado, cuyo malestar no encuentra fácilmente un destinatario en el Otro. Si la implosión supone un repliegue del malestar sobre el propio sujeto, nuestro trabajo no consistirá en restituir un Otro perdido ni en ofrecer una nueva forma de adaptación a las exigencias de la época. Se tratará, más bien, de hacer posible que aquello que aparece como cansancio, fracaso, insuficiencia o imposibilidad pueda adquirir la dignidad de un decir y pueda ser localizado en la singularidad del sujeto.
En este sentido, la transferencia puede constituir el lugar en el que ese malestar encuentre nuevamente un destinatario, no para restituir al Otro en su antigua función de garante, sino para permitir que algo pueda ser dirigido, dicho y elaborado. Desde nuestro dispositivo nos proponemos cuidar, precisamente, de no ocupar el lugar de un nuevo amo que venga a responder con otro imperativo a la exigencia que ya captura al sujeto. Nuestra apuesta es otra: generar las condiciones para que pueda aparecer algo nuevo en el sujeto, algo que emerja como un despertar.
Es en este punto donde propongo una clínica del despertar, en contraposición a una clínica anestésica. La clínica anestésica designaría, ante todo, una posición subjetiva con la que cada vez nos encontramos más en la clínica. El sujeto implosionado puede saber que está cansado, angustiado, vacío o abatido, pero no necesariamente puede interrogar qué lugar ocupa él mismo en aquello que padece. Su malestar aparece entonces reducido a signos que hay que eliminar, regular o controlar para poder seguir funcionando pero sin angustia.
Es precisamente con esta posición subjetiva con la que nos las tenemos que ver. No se trata de despertar al sujeto porque nosotros sepamos algo que él desconoce, ni de añadir una nueva exigencia de conciencia, transformación o superación. Se trata de alojar ese estado de anestesia sin quedar capturados por él. Allí donde el sujeto pide, explícita o implícitamente, dejar de sentir, dejar de pensar o dejar de padecer para poder continuar, nuestra tarea es abrir un espacio en el que pueda producirse algo nuevo que conmueva, allí donde solo había agotamiento, un decir allí donde solo había silencio y una implicación subjetiva allí donde todo parecía atribuirse al propio fracaso.
Nuestra posición apunta a introducir un corte en el empuje que captura al sujeto, suspendiendo la inercia anestésica del rendimiento continuo. Allí donde el sujeto implosionado ha quedado reducido al mero funcionamiento, la apuesta es abrir una hiancia que conmueva ese mutismo.
Desde esta perspectiva, la transferencia adquiere una función decisiva: constituye el lugar donde ese malestar mudo encuentra la posibilidad de dirigirse a un Otro que rehúsa ocupar la posición del amo. No se trata de clausurar la pregunta con una respuesta, sino de sostener las condiciones para que lo no dialectizado adquiera la dignidad de un decir. La clínica del despertar supone así restituir al malestar no su silencio, sino la posibilidad de un decir.
1 Lacan, J. (1992). El seminario, libro 17: El reverso del psicoanálisis (1969-1970). Paidós.

