¿Por qué siento un vacío aunque mi vida vaya bien?

Hay una frase que se escucha cada vez con más frecuencia en las consultas de psicología. No suele pronunciarse con dramatismo. Al contrario. A menudo llega acompañada de una cierta vergüenza, como si quien la dice sintiera que no tiene derecho a sentirse así.

«No entiendo qué me pasa. Mi vida va bien y, sin embargo, siento un vacío que no sé explicar.»

Después suele venir una especie de justificación.

«Tengo trabajo.»

«Mi familia está bien.»

«No me falta nada importante.»

«No debería sentirme así.»

Siempre me llama la atención esa última frase: «no debería».

Vivimos rodeados de una idea muy poderosa según la cual existe una relación bastante simple entre las circunstancias y la felicidad. Si conseguimos determinadas cosas —una pareja estable, un empleo, cierta tranquilidad económica, buenos amigos, tiempo libre— deberíamos sentirnos satisfechos. La vida, de algún modo, quedaría resuelta.

Sin embargo, basta escuchar un poco a las personas para descubrir que la experiencia humana es mucho más compleja.

Hay quienes atraviesan momentos extremadamente difíciles y conservan un profundo deseo de vivir. Y también hay quienes, después de haber alcanzado muchas de las metas que se habían propuesto, descubren una sensación extraña, difícil de nombrar. No es exactamente tristeza. Tampoco ansiedad. Es más bien la impresión de que algo falta, aunque no sepan decir qué. Entonces aparece la culpa.

Porque resulta difícil aceptar el propio malestar cuando, aparentemente, no existe ningún motivo para sufrir. Como si el dolor necesitara una autorización. Como si solo pudiéramos sentirnos mal cuando las circunstancias fueran objetivamente malas. Pero la vida psíquica nunca ha obedecido a esa lógica.

No sufrimos únicamente por lo que nos ocurre. También sufrimos por aquello que no sabemos que esperamos. Quizá una de las promesas más insistentes de nuestra época sea la idea de que, si conseguimos lo suficiente, llegará un momento en el que dejaremos de sentir esa falta. Compramos una casa, buscamos una relación, cambiamos de trabajo, viajamos, hacemos deporte, aprendemos idiomas, organizamos mejor nuestro tiempo. Y muchas de esas cosas enriquecen la vida. No hay nada malo en desearlas.

El problema comienza cuando esperamos que alguna de ellas venga a resolver definitivamente la pregunta por nuestro deseo. Porque esa resolución nunca termina de llegar.

Con frecuencia ocurre algo curioso. Durante años alguien trabaja para alcanzar un objetivo. Imagina que, cuando lo consiga, por fin podrá descansar. Y el día que ese objetivo se cumple siente una alegría breve, legítima, pero pasajera. Poco después vuelve la inquietud.

Entonces aparece un nuevo objetivo y después otro. No porque la persona sea ambiciosa en exceso. A veces simplemente está intentando llenar con logros una pregunta que ningún logro puede responder.

No creo que esto signifique que vivamos condenados a la insatisfacción. Sería una conclusión demasiado pesimista. Más bien creo que el vacío forma parte de la condición humana.

Suena extraño decirlo en una cultura que promete eliminar cualquier incomodidad. Pero quizá ese vacío no sea un error que haya que corregir. Quizá sea precisamente el espacio desde el que nacen el deseo, la curiosidad, el amor, el arte y la posibilidad de inventar una vida propia.

Si estuviéramos completamente satisfechos, ¿qué nos movería? ¿Qué nos haría salir al encuentro de otros? ¿Qué nos impulsaría a crear, a preguntar, a buscar?

Hay una tendencia muy actual a interpretar cualquier sensación de vacío como un síntoma que debe desaparecer cuanto antes. Se busca la actividad adecuada, la pareja adecuada, el trabajo adecuado o la práctica espiritual adecuada. Como si en algún lugar existiera una pieza capaz de encajar perfectamente en aquello que sentimos.

Y, sin embargo, muchas personas descubren que cada vez que consiguen esa pieza aparece otra ausencia distinta. No porque hayan elegido mal, sino porque el vacío no pertenece únicamente a las cosas que nos faltan. Forma parte de nuestra manera de existir.

Desde el psicoanálisis solemos desconfiar de la idea de una vida completamente plena. No porque renunciemos a la felicidad, sino porque sabemos que el deseo humano nunca se satisface de una vez para siempre. Siempre queda algo abierto. Algo que no termina de cerrarse. Algo que nos sigue poniendo en movimiento.

Tal vez el problema no sea sentir un vacío. Tal vez el problema aparezca cuando esperamos que desaparezca por completo. Hay personas que pasan años intentando llenarlo con trabajo. Otras con relaciones. Otras con reconocimiento, con consumo o con una actividad constante que les impida quedarse a solas consigo mismas. Durante un tiempo puede funcionar. Pero tarde o temprano el silencio regresa y con él vuelve la pregunta.

No es casual que muchas crisis aparezcan precisamente cuando todo parece ir bien. Durante los años más difíciles solemos vivir ocupados resolviendo problemas. Apenas queda tiempo para preguntarse cómo estamos. Es cuando las urgencias disminuyen cuando algunas preguntas empiezan a hacerse oír. No porque la vida haya empeorado, sino porque ya no hay tanto ruido para silenciarlas.

A veces alguien llega a consulta convencido de que necesita encontrar aquello que le falta. Con el tiempo descubre que la pregunta era otra. No se trataba de encontrar un objeto capaz de llenar definitivamente ese vacío, sino de comprender qué lugar ocupa en su historia, en su manera de amar, de trabajar, de relacionarse con los demás y consigo mismo.

Esa diferencia es importante, porque deja de convertir la vida en una búsqueda desesperada de una plenitud imposible y permite empezar a preguntarse cómo quiere vivir cada uno con aquello que inevitablemente le falta.  Quizá ahí resida una de las mayores dificultades de nuestro tiempo.

Nos han enseñado a perseguir una versión de la felicidad en la que no debería quedar ninguna grieta. Ninguna contradicción. Ninguna tristeza. Ninguna duda. Pero las personas no estamos hechas para vivir sin grietas. Son precisamente esas grietas las que hacen posible el encuentro con los otros. Nadie ama desde la perfección. Nadie crea desde una vida completamente resuelta. Nadie se hace preguntas cuando cree poseer todas las respuestas.

Tal vez el vacío que tanto nos inquieta no sea siempre el signo de que algo funciona mal. Tal vez sea, en ocasiones, el lugar desde el que empieza una pregunta verdaderamente propia. No una pregunta que pueda responder un libro de autoayuda, una lista de objetivos o un nuevo proyecto. Una pregunta que solo puede construirse poco a poco, a medida que uno encuentra palabras para aquello que durante mucho tiempo solo pudo experimentarse como una sensación difícil de explicar.

Quizá por eso no tendría tanta prisa en hacer desaparecer ese vacío. Antes me preguntaría qué intenta decir.

Porque, a veces, lo más importante no es llenar una ausencia. Lo más importante es descubrir que una vida no necesita estar completamente llena para tener sentido.

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