Caminar por el Eixample a media tarde, recorrer los andenes de Passeig de Gràcia o sostener la agenda diaria en una ciudad como Barcelona confronta a menudo con un ritmo que parece no dejar tregua. Sin embargo, para muchas personas, la prisa deja de ser un asunto del reloj y se traslada al cuerpo: una opresión en el pecho, la sensación súbita de falta de aire, el insomnio recurrente o un nudo en la garganta que irrumpe sin motivo aparente. Es lo que comúnmente nombramos como ansiedad.
Cuando alguien consulta en nuestro espacio en Barcelona diciendo «tengo mucha ansiedad», la demanda inicial suele ser clara: hacerla desaparecer de inmediato. Vivimos en una época orientada a la gestión rápida, al protocolo estandarizado o al intento de acallar el malestar con un comprimido para seguir produciendo. Pero la experiencia clínica nos enseña algo distinto: silenciar la señal sin escuchar lo que intenta decir suele condenar al síntoma a repetirse con más fuerza.
La ansiedad no engaña: de la emoción a la angustia
Desde la perspectiva del psicoanálisis de orientación lacaniana, la ansiedad —que en la clínica nombramos con mayor precisión como angustia— tiene una particularidad esencial: es el afecto que no engaña.
A diferencia de las ideas, las dudas o las justificaciones racionales que construimos para explicarnos la vida cotidiana, la angustia no miente porque se experimenta de forma directa en el cuerpo:
- Irrumpe cuando las certezas habituales caen.
- Aparece cuando nos encontramos ante una encrucijada vital y no sabemos qué decisión tomar.
- Se desencadena cuando sentimos que el deseo de los otros nos desborda, exigiéndonos un rendimiento o una respuesta que ya no podemos sostener.
La ansiedad no es un defecto en los circuitos cerebrales ni una simple falta de técnicas de relajación. Es una señal de alarma subjetiva. Señala que algo de la vida íntima de quien la padece ha tocado un límite.
El laberinto de la hiperactividad contemporánea.
El lugar de la palabra: consultar en PSIMA
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Localizar el punto de quiebre: ¿En qué momento exacto de su historia irrumpió la primera crisis? ¿Qué estaba ocurriendo en su vida familiar, afectiva o laboral?
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Separar el síntoma del sujeto: Dejar de definirse como «una persona ansiosa» para descubrir qué conflicto singular está encarnando esa angustia.
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Inventar otra salida: Cuando lo que no se podía decir encuentra un cauce en la palabra dicha y escuchada, el cuerpo deja de necesitar el síntoma para manifestarse.

