La ansiedad —ese nombre que hoy circula con tanta facilidad— suele presentarse como algo que “nos pasa”, casi como si fuera un accidente químico o una falla del sistema nervioso. Pero si uno se detiene un momento, si escucha con más cuidado ese malestar, aparece otra cosa: la ansiedad no es un ruido externo, sino una señal íntima, demasiado íntima.
Desde nuestar perspectiva, la ansiedad no es simplemente un exceso de preocupación ni un problema a eliminar. Es, más bien, un afecto que no engaña. A diferencia de otros estados emocionales que pueden disfrazarse o justificarse, la ansiedad irrumpe sin pedir permiso y nos confronta con algo que no logramos simbolizar del todo. No es tanto “por algo” que estamos ansiosos, sino frente a algo que no termina de tener nombre.
Quizás por eso estos tiempos parecen particularmente propicios para que la ansiedad se expanda. Vivimos en una época que empuja constantemente a definirse: quién eres, qué deseas, qué produces, cómo te muestras. Hay una exigencia de coherencia y de identidad que no deja mucho espacio para la duda. Sin embargo, el sujeto —cada uno de nosotros— está hecho precisamente de esa falta, de esa grieta que nunca se termina de llenar.
La ansiedad aparece entonces en ese punto de tensión: cuando lo que se espera de nosotros no coincide con lo que podemos sostener, o cuando algo del deseo propio empieza a asomar pero no encuentra palabras ni dirección. Es una especie de señal de alarma, pero no en el sentido de que algo esté “mal”, sino de que algo está demasiado cerca.
Demasiado cerca de qué. De uno mismo, podría decirse, pero no del “yo” que mostramos o creemos ser, sino de ese núcleo más opaco, más difícil de captar. Lacan hablaba de la angustia como aquello que surge cuando la falta falta, es decir, cuando algo que debería permanecer a distancia se vuelve excesivamente presente.
En la vida cotidiana, esto puede tomar formas muy concretas: una sensación de ahogo sin causa clara, una inquietud constante, la dificultad para descansar incluso cuando todo parece estar “bien”. Y ahí aparece otra trampa contemporánea: la idea de que deberíamos estar bien todo el tiempo. Como si la tranquilidad fuera el estado natural, y cualquier desviación tuviera que corregirse de inmediato.
Pero tal vez la ansiedad no sea simplemente un error a suprimir, sino una pregunta en acto. Algo insiste, algo no encaja, algo reclama ser escuchado. El problema es que muchas veces respondemos demasiado rápido: con distracciones, con explicaciones prefabricadas, con soluciones inmediatas. Y en ese intento de apagar la ansiedad, también apagamos la posibilidad de entender qué estaba señalando.
No se trata, por supuesto, de romantizar el malestar. La ansiedad puede ser profundamente incómoda, incluso paralizante. Pero reducirla a un síntoma a eliminar puede hacernos perder su dimensión más valiosa: la de orientación. Porque en ese punto donde uno no sabe bien qué le pasa, donde las palabras no alcanzan, es donde también puede empezar a construirse algo distinto.
Quizás la pregunta no sea “¿cómo dejo de sentir ansiedad?”, sino “¿qué de mí está en juego cuando aparece?”. No es una pregunta fácil, ni tiene una respuesta inmediata. Pero abre un espacio diferente: uno en el que el malestar deja de ser solo un enemigo y empieza a volverse, aunque sea un poco, una vía de acceso a algo más propio.
Y en tiempos donde todo parece exigir respuestas rápidas, detenerse en esa pregunta ya es, en sí mismo, un gesto poco común. Pero también, tal vez, necesario.

