Compartimos una nota en el periódico La Vanguardia que han hecho a Cristian Figueredo, Jefe de Servicio de Psicología. Se trata de una entrevista que parte de la idea que surge todos los finales de verano en donde la
pregunta es acerca de la vuelta al trabajo. En esta ocasión nos ha parecido interesante poder dar un enfoque clínico a la pregunta sobre el trabajo, losideales de productividad y eficacia, lo disrruptivo que representa una lectura diferente del malestar, a la vez que destacar la subjetividad en detrimento de la patologización de la vida cotidiana.
Aqui compartimos la nota que hizo Joeal Saez de La Vanguardia y al final en enlace.
Volver a poner el despertador, recuperar los horarios, abrir una bandeja de entrada que lleva semanas acumulando correos y asumir que quedan varios meses por delante hasta las próximas vacaciones no suele ser el mejor momento del año. Durante los primeros días es habitual sentirse más cansado, dormir peor, estar de peor humor o necesitar cierto tiempo para recuperar el ritmo. Y aunque desde hace años se haya popularizado una expresión para agrupar todas estas sensaciones, hablar de “síndrome postvacacional” puede llevar a convertir en un problema psicológico algo tan humano como preferir seguir de vacaciones. La cuestión cambia, sin embargo, cuando pasan los días y ese malestar no desaparece o cuando volver al trabajo hace reaparecer una ansiedad que durante las vacaciones se había esfumado.
Las cifras ayudan a entender por qué conviene no despacharlo siempre como una simple pereza de septiembre. La Encuesta de calidad y condiciones de trabajo de 2024, cuyos resultados fueron publicados en 2025 por la Generalitat, señala que el 19,1% de las personas trabajadoras en Catalunya se encuentra en riesgo de sufrir algún trastorno mental. Para Cristian Figueredo, jefe del Servicio de Psic
ología del Hospital CIMA Sanitas de Barcelona, las vacaciones pueden introducir precisamente algo que durante el resto del año escasea: distancia. Y esa distancia permite descubrir, en algunos casos, q
ue aquello que se llevaba meses soportando quizá no era tan normal como parecía. En conversación con La Vanguardia, el psicólogo advierte contra los dos extremos: ni todo malestar después de las vacacion
es es una enfermedad ni conviene ignorarlo cuando empieza a repetirse y a condicionar nuestra vida.
Se habla constantemente de “síndrome postvacacional”. ¿Existe realmente como diagnóstico psicológico o hemos convertido en patología algo tan normal como no quer
er volver a trabajar?
La expresión “síndrome postvacacional” se ha instalado en el lenguaje cotidiano, pero ponerle un nombre a un malestar no significa que estemos ante una enfermedad. No querer volver a trabajar, sentirse cansado o experimentar cierta irritabilidad después de las vacaciones puede ser una reacción completamente comprensible. El problema aparece cuando empezamos a considerar que toda incomodidad debe ser corregida o diagnosticada. Más que preguntarnos inmediatamente qué trastorno tiene
una persona, nosotros nos preguntamos qué le pasa. El malestar no es necesariamente una enfermedad que haya que eliminar cuanto antes; a veces puede ser una señal que permita detenerse y preguntarse por aquello que en la vida cotidiana se venía soportando o naturalizando. No se trata de patologizar la vida cotidiana, pero tampoco de desatender el sufrimiento.
Entonces, ¿cuánto puede durar ese malestar antes de que convenga empezar
a prestarle más atención?
No creo que podamos establecer una cantidad de días que determine universalmente cuándo algo es normal y cuándo deja de serlo. Convertir ese malestar en una cuestión de días puede contribuir precisamente a psicopatologizar y cuantificar experiencias que necesitan ser escuchadas de manera individual. Más interesante que medir el tiempo es preguntarnos qué lugar ocupa ese malestar para cada persona. Alguien puede necesitar unos días para recuperar sus ritmos y nada más, pero también puede ocurrir que la vuelta al trabajo haga aparecer algo que llevaba meses silenciado. Cuando un malestar insiste, se
repite o empieza a ocupar un lugar importante en la vida, merece ser escuchado. La pregunta entonces sería: ¿qué es exactamente aquello que resulta tan difícil de retomar?
¿Qué señales pueden indicar que detrás de ese supuesto “síndrome postvacacional” hay ansiedad, depresión, burnout u otro problema anterior?
Hay manifestaciones como la angustia persistente, el insomnio, la pérdida de interés, una irritabilidad intensa o un agotamiento que no encuentra alivio en el descanso que conviene tomar en serio. Pero tampoco deberíamos convertir una lista de síntomas en una especie de test para que cada persona se autodiagnostique. Lo que me interesa especialmente es cuando algo insiste: por qué aparece siempre en determinados momentos, qué situaciones lo desencadenan o qué ocurre cuando la persona vuelve a ocupar ese lugar del que se había alejado durante las vacaciones. La vuelta puede no ser la causa
del malestar, sino simplemente el momento en el que algo que estaba oculto se vuelve más difícil de ignorar.
¿Por qué unas vacaciones pueden hacer que, al regresar, alguien descubra que estaba peor en su trabajo de lo que pensaba?
Porque las vacaciones introducen una distancia, y poder tomar distancia de algo se ha vuelto casi insólito en una época en la que se nos exige estar permanentemente disponibles. Durante un tiempo dejamos de estar sometidos a determinados horarios, obligaciones, ritmos y demandas, y eso permite que aparezca una diferencia que antes no percibíamos. De repente, uno descubre que duerme mejor, que está menos irritable o que tiene más ganas de hacer cosas y, cuando vuelve, ese contraste puede resultar revelado
r. No necesariamente significa que haya que abandonar el trabajo, pero sí puede abrir una pregunta sobre cómo estábamos viviendo aquello que hasta entonces parecía simplemente “lo normal”. Muchas veces nos adaptamos a situaciones que nos hacen sufrir y terminamos llamando normal aquello a lo que nos hemos acostumbrado.
Si alguien está perfectamente durante dos o tres semanas de vacaciones y vuel
ve a sentir ansiedad nada más reincorporarse, ¿qué puede estar diciéndole ese cambio?
Como mínimo, que hay algo en su relación con el trabajo que merece ser interrogado, aunque sería apresurado concluir que el trabajo es necesariamente “el problema”. Hay que preguntarse qué reaparece exactamente al volver: ¿la exigencia?, ¿el miedo a no estar a la altura?, ¿la relación con un jefe?, ¿la sensación de no tener tiempo propio?, ¿una determinada manera de exigirse a uno mismo? También importa qué lugar ocupa el trabajo en nuestra vida. Se ha extendido la idea de que debemos encontrar un empleo que nos realice, ser productivos, estar motivados y disfrutar de lo que hacemos, y son ideales muy fuertes. A veces el sufrimiento no procede únicamente del trabajo, sino también de la exigen
cia de responder permanentemente a un determinado modelo de cómo deberíamos vivir.
Hay algo muy reconocible: llega el domingo por la tarde y algunas personas ya empiezan a sentir ansiedad, irritabilidad o a dormir peor pensando en el lunes. ¿Es una señal que no deberíamos normalizar?
Si ocurre de manera sistemática, diría que es algo que merece ser escuchado. No porque podamos concluir automáticamente que existe un trastorno, sino porque la repetición nos está diciendo algo. Ese domingo por la tarde se convierte en un momento muy particular: el lunes todavía no ha llegado y, sin embargo, ya está produciendo efectos. Entonces merece la pena preguntarse qué representa ese lunes para esa persona. No todos tenemos la misma relación con el trabajo, con la autoridad, con la exigencia o con el reconocimiento y, por eso, no existe una respuesta universal. Lo importante es que la persona pueda empezar a poner palabras allí donde hasta entonces quizá solo había angustia.
¿Cómo distinguimos entre estar simplemente hartos o desmotivados con nuestro trabajo y estar empezando a desarrollar burnout?
El burnout permite nombrar determinadas situaciones de agotamiento vinculadas al trabajo, pero una etiqueta por sí sola dice poco sobre qué le ocurre exactamente a esa persona. Estar harto, aburrirse o incluso no querer trabajar algunos días no constituye una enfermedad: el malestar forma parte de
la vida y no todo malestar necesita ser eliminado. La cuestión cambia cuando lo que ocurre se vuelve persistente, provoca un sufrimiento importante o empieza a limitar la vida de la persona. Pero incluso entonces, antes de reducirlo todo a un diagnóstico, es importante preguntarse qué está pasando. En nuestra experiencia clínica no buscamos simplemente devolver a la persona a su funcionamiento anterior, sino abrir un espacio que permita entender por qué ese funcionamiento se ha vuelto insoportable.

