¿Por qué ya casi nadie habla de angustia y todos hablan de ansiedad?

Las palabras nunca son inocentes.

No solo sirven para describir el mundo. También lo construyen. Hay experiencias que parecen existir porque encontramos una palabra para nombrarlas. Y hay otras que, cuando dejan de nombrarse, poco a poco desaparecen de la conversación, aunque sigan formando parte de la vida.

Hace apenas unas décadas era mucho más habitual escuchar hablar de angustia. La palabra aparecía en las novelas, en el cine, en las conversaciones e incluso en la filosofía. La angustia no era solamente un problema psicológico. Era una forma de estar en el mundo. Una experiencia que hablaba del deseo, de la libertad, de la incertidumbre, de la muerte o del amor.

Hoy, en cambio, casi todo recibe otro nombre: Ansiedad.

Tenemos ansiedad por el trabajo, ansiedad social, ansiedad anticipatoria, ansiedad generalizada, ansiedad por el futuro, ansiedad por no llegar a todo. La palabra se ha convertido en una especie de gran paraguas bajo el que terminan reuniéndose experiencias muy diferentes.

No creo que sea una simple cuestión de vocabulario, sino que dice algo sobre nuestra época.

La palabra angustia tiene un espesor que la palabra ansiedad parece haber perdido. La angustia no invitaba inmediatamente a buscar una solución. Más bien obligaba a detenerse. Quien hablaba de angustia estaba diciendo que algo esencial se había puesto en cuestión.

La ansiedad, en cambio, parece pedir otra cosa. Pide técnicas, consejos, respiraciones, aplicaciones para meditar, métodos para gestionarla, etc…

No hay nada malo en todo ello. Muchas personas encuentran un alivio real gracias a esas herramientas. Pero a veces me pregunto si, al convertir toda angustia en ansiedad, no estaremos perdiendo la posibilidad de escuchar qué intenta decir ese malestar.

La ansiedad parece un problema que hay que eliminar, la angustia era una pregunta. Y las preguntas siempre resultan más incómodas, quizá por eso preferimos hablar de ansiedad.

Vivimos en una cultura que desconfía profundamente de aquello que no puede resolverse rápidamente. Si algo duele, buscamos una técnica. Si algo incomoda, buscamos una explicación. Si algo tarda demasiado en cambiar, pensamos que estamos haciendo algo mal.

Nos cuesta aceptar que algunas experiencias no vienen a ofrecer respuestas, sino precisamente preguntas.

El psicoanálisis siempre concedió a la angustia un lugar muy particular. No la entendió únicamente como un síntoma molesto. Tampoco como un simple exceso de activación fisiológica. La angustia señalaba que algo importante estaba ocurriendo en la vida de una persona. Algo que todavía no encontraba palabras suficientes para ser dicho.

Por eso nunca me ha convencido la idea de combatirla sin antes escucharla.

Imagino a alguien que coloca una alarma contra incendios en su casa. Un día la alarma empieza a sonar. Existen dos posibilidades. La primera consiste en quitar las pilas para dejar de escuchar el ruido. La segunda consiste en preguntarse qué está intentando avisarnos.

La angustia se parece un poco a esa alarma. No siempre señala un peligro exterior. A veces anuncia que la manera en que hemos vivido hasta ahora ha dejado de sostenerse.

Hay personas cuya angustia aparece cuando consiguen aquello que llevaban años persiguiendo. Otras la sienten precisamente cuando una relación funciona demasiado bien. Algunas la experimentan al convertirse en madres o padres. O cuando sus hijos se marchan de casa. O el día que se jubilan.

Desde fuera todo parece estar en orden. Sin embargo, algo se mueve por dentro. No porque exista una enfermedad escondida. Sino porque toda transformación importante obliga a preguntarnos quiénes somos ahora. Quizá ahí radique una diferencia importante entre ansiedad y angustia. La ansiedad suele hacernos pensar en aquello que nos amenaza. La angustia nos enfrenta también con aquello que nos constituye. No siempre tiene un objeto claro. A veces aparece precisamente cuando desaparecen las certezas. Y eso resulta profundamente inquietante.

Tal vez por esa razón la palabra ha ido desapareciendo poco a poco. La ansiedad parece más compatible con una sociedad obsesionada por el rendimiento. Si es ansiedad, habrá una manera de gestionarla. Un método. Una técnica. Un protocolo. La angustia, en cambio, introduce un límite. Nos recuerda que hay preguntas que no pueden responderse con un tutorial.

Que existen momentos de la vida en los que uno no necesita producir más, organizarse mejor o pensar en positivo. Lo que necesita es encontrar un lugar donde poder sostener una pregunta sin precipitarse a cerrarla.

No creo que debamos dejar de hablar de ansiedad. Sería absurdo. Muchas personas sufren auténticos trastornos de ansiedad y necesitan ayuda para comprender lo que les ocurre. Pero quizá convenga recuperar también la palabra angustia. No por nostalgia.

Sino porque nombra algo que la palabra ansiedad deja escapar. La angustia no siempre anuncia que algo funciona mal. A veces anuncia que la vida está cambiando. Que una manera de entendernos ya no basta. Que el deseo empieza a desplazarse. Que una certeza se ha roto. Y aunque nadie desea atravesarla, quizá convenga recordar que las transformaciones importantes casi nunca llegan acompañadas de tranquilidad.

La angustia tiene mala fama porque duele. Pero también porque nos obliga a abandonar respuestas demasiado rápidas. Quizá por eso seguimos intentando convertirla en ansiedad. Porque la ansiedad parece algo que puede gestionarse.

La angustia, en cambio, nos recuerda que hay momentos en los que vivir consiste menos en controlar lo que sentimos y más en atrevernos a escuchar aquello que todavía no comprendemos.

Tal vez no sea casual que hayamos dejado de hablar de angustia precisamente cuando vivimos rodeados de más recursos que nunca para combatir el malestar. Quizá el verdadero problema no sea que exista la angustia, sino que ya casi nadie tiene tiempo para escuchar lo que viene a decir.

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