Hay pocas situaciones que generen tanta desorientación en una madre como ver que su hija empieza a rechazar la comida. No se trata solo de un cambio en la alimentación. Poco a poco, lo que aparece es una transformación más amplia: el cuerpo se vuelve un campo de batalla, la mesa familiar un lugar de tensión, y la palabra “anorexia” empieza a circular con miedo, duda o incluso rechazo.
Muchas madres en Barcelona que buscan ayuda psicológica para sus hijas con anorexia describen algo parecido: “no la entiendo”, “no sé qué hacer”, “todo lo que intento empeora la situación”. Y en ese punto aparece una vivencia muy particular: la de haber perdido el acceso a la hija, como si algo de ella se hubiera retirado.
Desde neustra perspectiva, la anorexia no puede reducirse a un problema de comida ni a una cuestión de voluntad. Tampoco es simplemente un rechazo del cuerpo. Es una forma compleja de relación con el deseo, con el control y con el vínculo con el otro, especialmente con el entorno más cercano.
En muchas ocasiones, lo que se observa no es solo una negativa a comer, sino una posición: una forma de decir sin palabras, de sostener un límite allí donde algo se vuelve demasiado invasivo o difícil de tramitar. Esto no significa que haya una “explicación única” ni mucho menos una responsabilidad de la madre. Al contrario: la anorexia no se comprende desde la culpa, sino desde la complejidad del vínculo.
Para una madre, este proceso suele vivirse con angustia creciente. La comida deja de ser un momento cotidiano para convertirse en una escena cargada de tensión. Cada intento de ayuda puede ser vivido por la hija como presión, y cada retirada puede ser vivida por la madre como impotencia. Se instala así un círculo difícil de romper.
En este punto, es importante subrayar algo: la anorexia no es un “capricho” ni una etapa que se resuelve con insistencia o control. Tampoco es algo que pueda abordarse únicamente desde la fuerza de la voluntad familiar. Cuanto más se entra en la lógica de la confrontación directa, más se endurecen las posiciones.
Desde la lectura que proponemos, puede pensarse que en la anorexia hay algo del orden de una afirmación subjetiva extrema: una forma de sostener un control allí donde el sujeto siente que algo de su deseo o de su espacio propio está en riesgo de perderse. Pero esa forma de sostenerse tiene un costo importante para el cuerpo y para el vínculo.
Para la madre, esto abre una pregunta muy dolorosa: ¿cómo acompañar sin invadir?, ¿cómo sostener sin controlar?, ¿cómo estar presente sin entrar en una lucha constante?
No hay respuestas simples a estas preguntas. Y justamente por eso, muchas madres en Barcelona llegan a consulta buscando un espacio donde poder pensar lo que está ocurriendo sin quedar atrapadas en la urgencia del día a día.
En el trabajo terapéutico, no se trata solo de la joven que presenta anorexia, sino también del lugar de la familia, del impacto emocional en la madre, del modo en que el lazo se ha tensado y de cómo puede empezar a abrirse una posibilidad distinta de relación.
Es importante decirlo con claridad: la culpa no es un punto de partida útil. La pregunta no es “qué se hizo mal”, sino “qué está ocurriendo ahora en este vínculo y cómo puede ser abordado de otra manera”.
A veces, el primer paso no es lograr que la hija coma, sino que la madre deje de sentirse sola en ese intento. Porque la soledad en estos casos suele ser muy pesada, especialmente cuando no se sabe a quién acudir.
En Barcelona, cada vez más familias buscan apoyo psicológico especializado en anorexia. No solo para la persona que sufre el síntoma, sino para todo el entorno que intenta comprender cómo posicionarse sin empeorar la situación.
Si estás atravesando una situación así, si sientes que tu hija se ha alejado, que la comida se ha convertido en un conflicto constante o que ya no sabes cómo ayudar, es importante saber que no tienes que sostener esto sola.
En PSIMA, ofrecemos un espacio de acompañamiento psicológico en Barcelona para madres y familias que están atravesando situaciones de anorexia. Un lugar donde poder hablar, entender y empezar a pensar otras formas de relación posibles, sin juicio y sin culpabilización.
A veces, poder poner palabras a lo que está ocurriendo es el primer movimiento para que algo deje de repetirse del mismo modo.

