El llamado “overthinking” suele describirse como pensar demasiado. Pero si uno se detiene a observarlo con más precisión, no se trata tanto de una cuestión de cantidad, sino de una cualidad: pensamientos que giran, que vuelven sobre lo mismo, que no llegan a una conclusión y, sin embargo, no se detienen.
Muchas personas lo describen así: “no puedo parar la cabeza”, “le doy vueltas a todo”, “analizo cada detalle y aun así no me quedo tranquilo”. Es un pensamiento que, lejos de aportar claridad, produce cansancio, duda, incluso angustia.
Pensar, en principio, sirve para dar forma, para ordenar, para tomar decisiones. Pero hay momentos en los que el pensamiento pierde esa función y se vuelve circular. No avanza, no resuelve, solo insiste. Y cuanto más se intenta forzarlo a llegar a una respuesta, más se enreda.
Desde una lectura más analítica, esto no es casual. Cuando algo no logra simbolizarse —es decir, cuando una experiencia, un deseo o un conflicto no encuentra una forma clara de inscribirse en palabras o sentido—, puede aparecer de este modo: como repetición. El sujeto intenta capturarlo, entenderlo, cerrarlo. Pero hay algo ahí que no se deja atrapar del todo.
Y entonces se instala una trampa: la idea de que, si se piensa lo suficiente, si se analiza cada variable, finalmente se llegará a una certeza que calme. Pero esa certeza no llega. No porque falte inteligencia o esfuerzo, sino porque lo que está en juego no es del orden de una solución lógica.
En muchos casos, el sobrepensamiento también está ligado a una dificultad con la decisión. Pensar se vuelve una forma de postergar el acto. Mientras uno sigue analizando, no se arriesga. Pero el costo es alto: una especie de parálisis, donde nada termina de definirse.
También puede haber una exigencia de control: anticipar todos los escenarios, evitar errores, asegurarse de que nada quede librado al azar. Sin embargo, cuanto más se intenta controlar por la vía del pensamiento, más evidente se vuelve que hay algo que escapa.
Desde una perspectiva lacaniana, ese “resto” que no se deja controlar no es un problema a eliminar, sino una dimensión estructural de la experiencia humana. No todo puede saberse, no todo puede preverse. Y el intento de hacerlo, llevado al extremo, produce precisamente este tipo de malestar.
Por eso, la salida no suele estar en “pensar mejor” o en encontrar la técnica perfecta para ordenar las ideas. Eso puede ayudar en ciertos momentos, pero no toca el núcleo del problema. La cuestión quizá sea otra: ¿qué es lo que insiste en ese pensamiento? ¿Qué se juega en esa repetición?
No se trata de dejar de pensar —algo imposible—, sino de modificar la relación con ese pensamiento. Dejar de tomarlo completamente al pie de la letra, abrir un pequeño margen donde no todo tenga que resolverse de inmediato.
Esto no es algo que se logre simplemente con fuerza de voluntad. Porque justamente, el sobrepensamiento muchas veces ya es un exceso de voluntad aplicada al lugar equivocado.
Ahí es donde hablar con otro puede introducir una diferencia. No para recibir respuestas rápidas o consejos estándar, sino para empezar a desplegar eso que se repite, darle otro lugar, escuchar qué hay más allá de ese circuito cerrado.
Si sientes que tu cabeza no se detiene, que pensar ya no te ayuda sino que te atrapa, quizás no se trate de seguir intentando resolverlo solo. Hay momentos en los que abrir un espacio distinto se vuelve necesario.
En PSIMA puedes encontrar ese espacio. Un lugar donde poder hablar con profesionales que no van a exigirte respuestas inmediatas ni soluciones rápidas, sino que te acompañarán a entender qué está en juego en eso que hoy no te deja en paz.
A veces, salir del sobrepensamiento no implica encontrar la respuesta perfecta, sino dejar de estar atrapado en la misma pregunta una y otra vez. Y ese movimiento, aunque parezca pequeño, puede cambiar mucho más de lo que parece.

